Chile está de duelo, ha muerto un artista callejero de sólo 28 años de edad, residente, desde hace algunos años, en la localidad sureña de Panguipulli, Región de los Ríos. Allí se ganaba la vida haciendo lo que le gustaba y sabía hacer, malabarismo con diferentes tipos de objetos, pero especialmente machetes que, si bien son de utilería, generan una sensación de peligro que termina por cautivar al público. 

El duelo es en memoria de Francisco Martínez, cuya muerte fue provocada por disparos efectuados a corta distancia por un sargento de carabineros de iníciales J.G.I, quien tras su formalización, como autor de homicidio simple, quedó con arraigo nacional y arresto domiciliario total, en espera de lo que se resuelva la Corte de Apelaciones de Valdivia.

Escribo estas líneas en la convicción que nadie quiere que mueran jóvenes en nuestra patria, que hay un sentimiento de pesar generalizado por su muerte y que nadie justifica la forma en que el policía autor de los disparos manejó este procedimiento de control de identidad. Lo hago desde el dolor por la muerte de un joven lleno de vida, de ideales y que quienes lo conocían lo reconocen como un buen vecino, solidario y comprometido con un país mejor.

En esta tribuna no se trata de atacar a Carabineros, una institución necesaria y en general bien valorada por todos los chilenos, se trata más bien de condenar la actuación específica de un policía que no se ajustó al protocolo y que probablemente ejerció sin criterio la facultad legal de control de identidad.

Creo que aquí está el punto neurálgico.  El control de identidad no ha sido una herramienta eficaz para combatir el delito. Su aplicación deja espacios a la discriminación y al hostigamiento policial a ciudadanos que no han cometido ilícitos.

En este caso particular, me pregunto qué transforma en sospechoso ante los ojos de un policía un joven que realiza actos de malabarismo en la calle. No bastaba con que este policía recién llegado a la ciudad le preguntara a los efectivos más antiguos en la zona si conocían al artista callejero?

Habría bastado un poco de buenos modales, de civismo, de empatía para evitar este trágico desenlace.

Tampoco sabemos qué provocó la temeraria reacción de Francisco, ni de dónde vino la provocación inicial. No sabemos si fue el mal procedimiento policial o la mala respuesta del artista frente al control. Lo cierto es que esta muerte pudo evitarse.

Lo que si debemos dejar en claro, es que no hay espacio para las defensas corporativas, ni para abusar de la institución de la legítima defensa, porque tal cual está consagrada en el artículo 10 número 4° del Código Penal, ésta supone una agresión ilegítima no provocada por quien se defiende y una respuesta racional y proporcional a la agresión. En otras palabras, la amenaza con tres machetes de utilería no se repele con 6 balas de revólver. El poder de fuego y de causar daño de un arma policial excede con mucho el daño que pudo provocar un golpe de machete sin filo.

Señala el artículo 10, número 4° del citado código: "Están exentos de responsabilidad criminal: el que obra en defensa de su persona o derechos, siempre que concurran las circunstancias siguientes: Primera: Agresión ilegítima; Segunda: Necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla; Tercera: Falta de provocación suficiente por parte del que se defiende.

Será la justicia la encargada de determinar si concurrieron o no los elementos que configuran esta eximente de responsabilidad criminal pero lo cierto es que es una tragedia que pudo evitarse con un poco mas de humanidad y civilidad de ambas partes.

Como sociedad no debemos permanecer indiferentes frente a este muerte absurda y, tal vez, sea la hora de retroceder y quitar a la policía esta facultad atentatoria contra la libertad individual y contra el principio de inocencia que debe ser respetado siempre y en todo lugar. 

El control de identidad debería estar circunscrito exclusivamente para situaciones de flagrancia y en donde existan indicios objetivos que vinculen a una persona a un hecho delictual. 

Que la muerte de Francisco Martínez, Q.E.P.D., no sea en vano. Pongamos lo mejor de cada uno de nosotros para que estos hechos no vuelvan a suceder, comprometámonos como sociedad en la defensa y promoción de la vida humana.


Gerardo Muñoz Riquelme

Abogado y Magister en Gerencia Pública


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